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Ya hemos visto una pequeña introducción a los momentos más importantes en la historia de los códices y sus estudios sobre ellos; esta vez veremos los más importantes y conocidos códices de la historia, los mayas. Aunque no se sabe desde cuando hay códices en el área maya, los vestigios arqueológicos indican que en el periodo Clásico Temprano (300-600 d.C.) ya se empezaban pues algunos han sido hallados en tumbas en Guatemala, Belice y Honduras. De ninguno de ellos se conoce el contenido, pues la mayoría no ha resistido el paso del tiempo; son sólo pequeños fragmentos apilados de escamas de cal con pintura, como los hallados en tumbas de Uaxatún, San Agustín Acasaguastlán y, recientemente en Copán.
Se conocen varias representaciones de códics semajantes a los hallados por los arqueólogos, en bellas imágenes de cerámica pintada del Clásico Tardío (600-900 d.C.) En ellas se muestran cerrados, vistos lateralmente, señalados los dobleces y con cubiertas de piel de jaguar.
Por su parte, los cronistas españoles describen los códices mayas cuidadosamente, pues los conocieron, supieron cómo se leían y aun los quemaron. Entre los autores que brindan la información mas detallada se encuentran Pedro Mártir de Anglería, los franciscanos Diego de Landa, Antonio de Cuidad Real y el padre Pedro Sánchez de Aguilar. Sus textos se refieren a la península de Yucatán y fueron escritos en diversos momentos del siglo XVI. A través de ellos, se sabe que muchos códices trataban los asuntos religiosos; por ello los sacerdotes católicos debieron destruirlos.
A pesar de los esfuerzos por hacerlos desaparecer, la tradición continuó: por una parte, sabemos que hacia 1969, en Tayasal, isla que está en el lago de Peten Itzá en la actual Guatemala, los itzaes los seguían empleando y gracias a ellos conocian el sistema calendarico de los atunes y conservaban la concepción cíclica de la historia. Hay que destacar que muchos códices fueron transcritos con caracteres latinos sobre papel europeo: son los textos que ahora conocemos como literatura maya. Los más conocidos son los libros del Chilam Balam en los que se consignaron asuntos diversos.
Los Códices Madrid, Dresden y París
Durante el siglo XIX se supo de la existencia de tres códices mayas en Europa. De hecho, se trata de tres fragmentos que carecen de cubiertas y están aceptablemente bien conservados. Reciben el nombre de la cuidad que los alberga: Dresden, Madrid y París. Para la mayoría de los autores, son los únicos códices que se conservan del mundo maya prehispánico.
El primer manuscrito jeroglífico maya del que se tiene noticia fue el Códice de Dresden. Se sabe que el director de la Biblioteca Real de Dresden lo compró a un particular de Viena en 1739 y que en 1749 ya formaban parte del inventario de dicho acervo. El Códice de París fue el segundo en aparecer en Europa. Aunque se sabe que formaba parte del acervo de la Biblioteca Imperial de París alrededor de 1832, pues estaba clasificado con el número 2 del Fonds mexicain. Pasó inadvertido hasta 1859 cuando fue identificado como un manuscrito jeroglífico maya por Léon de Rosny. En cuanto al tercer códice apareció en España dividido en dos secciones. La primera en conocerse estaba en poder del profesor de paleografía don Juan de Tro y Ortolano, quien tal vez lo había adquirido por su interés en los manuscritos antiguos. El documento jeroglífico doblado en forma de biombo constaba de 35 hojas pintadas por ambos lados. En honor de su dueño, se le denominó Códice Troano y se obtuvo el permiso para ser publicado. La segunda sección estaba en manos de un particular llamado Juan Placios, quien en 1867 ofreció tanto a la Biblioteca Imperial de parís como al Museo Británico de londres lo que se creyó era un cuarto códice maya. Este códice según la tradición había pertenecido a Hernan Cortes por tanto fue llamado Códice Cortesiano. Ambas secciones fueron reunidas en 1888 cuando el Museo Arqueológico compro la sección troana al hijo del profesor Tro y Ortolano, desde entonces ambas partes permanecen juntas.
Aunque los tres códices tienen características semejantes y comparten una serie de elementos tanto formales como de contenido, es posible distinguirlos por los diferentes asuntos que tratan, por el timo de trazos que los caracterizan y por el estado de conservación en que se encuentran. Si bien los tres son de carácter adivinatorio y la mayor parte de sus páginas están estructuradas a base de almanaques, es decir, de registros calendarios que señalan tanto ceremonias como augurios relacionados con temas como el año nuevo, la agricultura, la cacería, la época de lluvias, el tejido, la deidad de la Luna, etcétera. En el Dresden y en el Paris hay ademas profecías para ciclos de casi 20 años llamados atunes y asuntos astronómicos.
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